MONASTERIO DE MONJAS DE LA TERCERA ORDEN DE SAN FRANCISCO EN EL MONTE SANTO

S.XVI
– 1540
Villarluengo
BIENES INMUEBLES
RELIGIOSIDAD
Capellanías y Fundaciones

No puede comprenderse la fundación de este reducto espiritual sin detenernos en primer lugar en las proféticas palabras de Juan Herrero, ahorcado injustamente por falsa acusación de asesinato en el año 1506, siendo las siguientes: «…en ese montecillo que se ve ahí detrás, el cual ahora se dice la Loma de San Cristóbal, se aparecerá de aquí a algunos años una imagen de Nuestra Señora, por cuya devoción y reverencia, se fundará en el propio lugar en que fuere hallada un convento de religiosas, en cuya iglesia será venerada y honrada la dicha imagen». 

En el año 1540 casi 20 años más tarde de la aparición de la Imagen de Nuestra Señora de Monte Santo, estando recogida tal aparición mariana en un Protocolo Notarial de 1523, aunque la aparición sucedió un año antes, se fundó el Monasterio de Monjas de la Tercera Orden de San Francisco en Villarluengo. Fue la madre Sor María de Jesús Valfagón la primera Madre Ministra, existiendo en torno a ella un debate sobre su procedencia, pues son algunas fuentes las que apuntan que sería natural de Villarluengo, mientras que otras la atribuyen a Cuevas de Cañart.  En cualquier caso, esta fundación de un convento de religiosas según la profecía, podría tener su explicación hipotética en la búsqueda de justificación para el retorno de Sor María Valfagón a su tierra natal. Otras religiosas que la acompañaron en la fundación fueron la Madre Vicaria Sor Catalina Pérez, Sor Juana Terrades como Tornera y Sor Magdalena de la Cruz como Maestra de Novicias. Sor María Valfagón era una religiosa experimentada, pues entre 1530 y 1540 fue abadesa del Real Monasterio de La Puridad de Valencia, fundado por Jaime I en Valencia tras la conquista, y posteriormente una vez terminado, llamado de Santa Clara, a lo cual Jaime II le añadió de Santa Isabel, en honor a su tía la reina de Hungría. 

Una personalidad enviada desde Villarluengo a Valencia se encargó de hacerle llegar a la religiosa cartas del Vicario, del Capítulo, del Justicia y de los Jurados del municipio a fin de comunicarle el hallazgo así como el pretexto que existía en Villarluengo, con un debate sobre si debía de tener Iglesia propia o no, mientras custodiaban la Imagen en el Sagrario de la parroquia. La religiosa junto con 5 teólogos acordaron que efectivamente se debía de levantar en el lugar del hallazgo una ermita en honor a la Santa Imagen, quedando mosén Miguel Rubielos como capellán de la Virgen. Fue precisamente en el viaje de éste último a Valencia cuando uno de los 5 teólogos mencionados con anterioridad, concretamente el franciscano Maestro Pérez, quiso visitar en Villarluengo la Imagen de la que por entonces era llamada Nuestra Señora de la Trobada, del Cantal o de la Peña, y fue precisamente este religioso quien aconsejó titularla Virgen del Monte Santo. Finalmente en el Capítulo y por mediación directa del Padre Vizquert, a todas las religiosas enumeradas en el párrafo anterior se les encomienda la nueva fundación. 

El resultado fue que en octubre de 1540 las cuatro monjas iniciaron su vida de Comunidad en las habitaciones de la parte superior del Castillo que había adosado a la Iglesia, mientras se desarrollaban las obras del Convento bajo el patronazgo de la Virgen de Monte Santo, que actualmente se encuentra en ruinas y de él sólo sabemos lo siguiente: 

Junto a la ermita que se construyó en el lugar de la Imagen aparecida se construyó el convento con las dependencias necesarias. El monasterio tenía: 12 celdas; una sala capitular que también servía como sala de labor, oración y lectura; el locutorio; el refectorio; la cocina y la despensa; el lavadero; la cisterna; la enfermería donde las religiosas al ser de clausura eran atendidas por un pequeño ventano que daba a la casa del castellán; y finalmente el almacén de la leña. En lo que respecta a la ermita, el coro fue cerrado a los fieles, pues quedaba en la clausura, y en la parte del presbiterio se colocó la pertinente reja colocada en el lienzo de la pared para que las religiosas pudieran seguir la eucaristía. 

Las monjas por medio de su trabajo, aunque el Convento se encontrase en un lugar poco apacible por la altura y demás inclemencias meteorológicas, lograron independencia económica con respecto de la Orden y del pueblo, ayudó a ello sin duda las donaciones y las dotes de las mujeres que ingresaban, muchas de ellas provenientes de familias nobles de la zona, ejemplo de ello es Jerónima de Pedro.

Ocurrieron otros milagros en este lugar sagrado, donde las monjas en estricta clausura y severas mortificaciones seguían su regla sin fallo. En el año 1606 murió Sor Magdalena, y según deja patente el padre Carrillo en su Crónica las religiosas tenían su carnerario con diferentes nichos y una vez se descomponían los cuerpos en ellos  los restos se echaban a una fosa común. Pasados dos años del fallecimiento de Sor Magdalena, cuando abrieron su nicho para enterrar a otra compañera la encontraron entera y sonrosada como si durmiese. 

Del Convento de Monte Santo surgió otra fundación conventual femenina en un municipio cercano, Las Cuevas de Cañart. Domingo Bellido, Inquisidor General del Santo Oficio así como Doctor en Derecho dispuso en su testamento en el año 1662 la fundación del convento de Franciscanas Concepcionistas en dicha villa. En el Convento de Monte Santo había tres sobrinas suyas, Sor Delfina, Sor Potenicana y Sor Josefa, cuyos apellidos eran de Pedro y Vidal. La idea era que estas tres regresaran a su pueblo natal, sin embargo, cuando la autorización llegó en 1677 Sor Potenciana había fallecido, por lo que sólo dos de sus sobrinas retornarían. 

La decadencia de Monte Santo fue prolongada en el tiempo y debida a causas coyunturales y estructurales. Un primer motivo ha de buscarse ya en la primera mitad del siglo XIX, concretamente en el proceso de desamortización de Mendizábal, con los Decretos de Extinción de las Órdenes religiosas e incautación de sus bienes. Contemporáneo a este proceso tuvo lugar la Primera Guerra Carlista, y dentro del conflicto bélico, el día 20 de julio del año 1836 el bando liberal dio orden de exclaustrar a las 34 monjas que entonces formaban la comunidad de religiosas de Monte Santo. Mientras la guerra continuaba Sor Bárbara Esteban, Madre Ministra, reunió en septiembre de 1837 a las religiosas en una casa particular de Villarluengo que quizás fue la de la familia Temprado, para continuar con la vida conventual en la misma. La Primera Guerra Carlista además constituyó un episodio de abundante expolio para el Convento, acrecentado por la elección de este sacro sitio como prisión para los prisioneros liberales hechos en la batalla de Herrera de los Navarros. 

Fue el 27 de julio de 1838 cuando las monjas volvieron al convento de Monte Santo, en deplorables condiciones y con una larga labor por delante de retorno a su estado previo al conflicto. Sin embargo, en octubre de 1839, cuando la causa carlista estaba en pleno colapso, las tropas de este bando por orden de el General Cabrera hacen abandonar a las religiosas el Convento de nuevo, y así hacer de este un fuerte del carlismo. Las monjas según lo narrado por fray José María Náger en sus cartas se trasladaron al Convento de Agustinas de Mirambel. El reducto espiritual de Monte Santo fue ocupado e incendiado por los liberales cuyo mando lo detentaba el Coronel Fulgosio, el 6 de abril de 1840, tras cernirse sobre la comunidad las acusaciones de colaborar y apoyar al bando carlista. 

Antes de este episodio de destrucción, el párroco del pueblo así como otros feligreses trasladaron la Imagen de la Virgen de Monte Santo a la parroquia del pueblo, y el retablo del altar mayor, el cual databa del s. XVI fue trasladado a la ermita de San Bartolomé. Al mismo tiempo, a pesar de las reticencias iniciales los habitantes de Villarluengo despojaron todo cuanto era de valor del convento. 

La comunidad de religiosas en esta larga agonía sufrió un proceso de dispersión, pues con las Agustinas de Mirambel sólo permanecieron 15 días, ya que luego se trasladaron al convento de Ulldecona, también de Agustinas. Por desavenencias finalmente en 1841 las monjas provenientes de Monte Santo se trasladaron a Híjar. Allí padecerían una epidemia de tifus, que se llevaría consigo a 11 monjas. Posteriormente, ya en el año 1858 la comunidad de Monte Santo recibió la autorización de traslado a un convento de monjas concepcionistas que habían sido exclaustradas anteriormente en Alagón, su último destino. El día 6 de septiembre de 1966 finalizó la existencia de la Comunidad de Religiosas de Terciarias Franciscanas de la Virgen de Monte Santo, debido a la fusión con el Instituto de Religiosas Terciarias de San Francisco de Asís y la Inmaculada Concepción. 

Autor: Sofía Sánchez y Elena Fortea